"Lo mas emocionante del futuro es que
podemos darle forma"
Charles Handy
No cuesta nada asombrarse con los numeritos ofensivos que dejó Hank Aaron para la eternidad. Tal vez el más conocido por todos sea el de 755 jonrones de por vida, superado en circunstancias nada claras por Barry Bonds. Sobresaliente resulta observar que las 2297 carreras que impulsó son tope en las historias de la mayores (además de Aaron solo Babe Ruth y Cap Anson han empujado más de 2000 rayitas).
Algunos analistas dice que A-Rod (jugador también cuestionado por su uso de esteroides para mejorar rendimiento peloteril) pudiera poner en jaque esta marca, pero falta mucho para que sepamos si es cierto ó no. En cualquier caso la colección de numeritos impresionantes de Hank no se queda allí: ¡él es hasta ahora el único pelotero en la historia con al menos 3000 hits, 600 o más dobletes y 700 o más jonrones! .También es el pelotero que ha alcanzado más bases en la historia del béisbol (6856), y posee la cifra de mayor cantidad de extrabases de todos los tiempos, siendo lo más cumbre, lo más meritorio, que no necesitó de ninguna sustancia para mejorar sus condiciones y poder establecer estas marcas. ¿No es eso admirable en si mismo? ¿No es precisamente cónsono con la naturaleza limpia y honorable que despide el deporte como un olor que emana desde las competencias griegas?. Aaron, nunca bateó más de 47 jonrones en una campaña, lo que hizo, fue labrado a base de constancia y disciplina, amén de unas muñecas formidablemente fuertes, que al parecer logró desarrollar desde su juventud cuando trabajaba como asistente en la industria de astilleros (sostenía y manipulaba piezas de más de ocho kilogramos en forma continua).Hank, apodado “el martillo”, tuvo que pasar por un verdadero calvario entre 1973 y 1974. Los grupos racistas y los fanáticos obcecados no veían (como sucedió doce años antes con Roger Maris) como este hombre humilde y “de color” rompiera la marca de mayor cantidad de cuadrangulares en poder de Babe Ruth. La temporada del 73 concluyó con un Aaron extenuado, con amenazas de muerte pendiendo de su cabeza y a un jonrón de igualar la marca del Bambino (714). La historia nos cuenta que Lewis Grizzard, a la sazón Editor de Deportes del “Atalanta Journal” , tenía preparado un “Obituario” de Hank “por si acaso”. En el último juego de esa zafra, cuando faltaban seis largos meses para la siguiente, Aaron declaró que su único temor era no vivir suficiente como para ver la temporada siguiente. Así de tenso fue su pegrinar por la agonía cotidiana de ir tras una marca que estaba allí para romperse. Tal vez algo que pudo ayudar a Hank en esos difíciles momentos fueron las palabra, que en 1948 oyó pronunciar a Jackie Robinson cuando visitó Mobile. Jackie, seguramente habló de la perseverancia que había que tener para vencer algo tan injusto y absurdo como la discriminación. Llegada la temporada de 1974, el lanzador de Cincinnati, Jack Billinghan, recibió el batazo que lo colocó hombro con hombro con Ruth. Todo era expectación la noche en que todo acabó, incluso la madre de Hank estaba entre los 53.775 personas que plenaron el estadio de Atlanta, quizá con el corazón en la boca temiendo por la vida de su corajudo hijo. Curiosamente el vuelacerca que pulverizó la legendaria marca del Babe se lo dio Aaron a un lanzador que portaba idéntico número ( 44) en su uniforme, se trataba de Al Downing de los Dodgers de los Ángeles. Recuerdo haber visto el batazo en directo por Tv, de hecho la televisión en Venezuela, hacía pases cuando tomaba turno (¡así de excitante era el acontecimiento!). Aaron, corrió las bases bajo un firmamento iluminado por cientos de fuegos artificiales, en un ciclo que resultó mágico, sobre todo cuando a partir de la tercera base dos universitarios, que se habían arrojado al terreno, lo acompañaron manifestándole que la parte noble y generosa del juego estaba con él en ese momento. La pelota del 715 aterrizó en el guante del lanzador relevista, Tom House, quien se encontraba en el bullpen. Otra curiosidad: House vino a jugar en nuestra pelota invernal ese año, y cuentan que su guante, ese que albergó el memorable batazo de Aaron , se perdió del dogout en medio de una trifulca que se armó durante un partido. Por allí debe estar, en algún lado, testimoniando en el más paradójico anonimato toda la carga de esfuerzo y grandiosidad de ese momento descomunal de la historia del beísbol.
Aaron, agonía pero también éxtasis. Sobre todo honor para jugar este juego.
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